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Estela inhópita


Conozco a Joaquín Lera desde hace tiempo y siempre le he admirado. He perseguido sus huellas sobre todo a través de sus canciones –las propias, y aquellas otras en las que «hizo música» la palabra de tantos amigos y admirados poetas–. Persecución constante –porque su obra es extensa y variada– en la que en
todo momento me sorprendió su capacidad creativa: infatigable y siempre apasionada.

Por otra parte, de Joaquín Lera, siempre me atrajo su humanidad –sensible y sencillamente «buena»–; su pasión por la aventura; y, sobre todo, la forma en que acostumbra y sabe escudriñar la vida, buscando en ella, de forma incansable, nuevos horizontes… Y ahí ha estado desde siempre –o al menos, desde que yo le conozco– «con su brújula vital» en ristre –da igual norte o sur, este u oeste– apuntando a la esperanza… Y es que Joaquín es un ser humano radicalmente positivo.

Pues bien, ahora, en el contexto de toda esa forma de pensar y de sentir que tengo sobre Joaquín, me llega esta Estela inhóspita, que recoge un variado conjunto de sus poemas:
sonetos apasionados, haikus, canciones, y otras construcciones poéticas rimadas con el aire y el ritmo limpio de la libertad…

puros sentimientos acompasados con latidos y suspiros. Antes de sumergirme en la lectura de la Estela inhóspita de Joaquín Lera, y sin haberlo previsto, me ha venido a la memoria una convicción rotunda de Agustín Millares –inmenso poeta canario–: «Escribir poesía –afi rmaba– es decir el estado verdadero del hombre». Yo también lo creo… Y entonces, lleno de curiosidad, me he planteado seguir la «estela inhóspita» de Joaquín Lera con ese objetivo, es decir, a la búsqueda –en los tiempos que corren– del verdadero estado de su humanidad. Es curioso, navegando por lo «inhóspito» que profetiza esta «estela» –inhóspitos son realmente los tiempos que hoy por hoy nos tocan vivir–, me he encontrado con un Joaquín Lera que, a pesar de todo, levanta el vuelo y nos ofrece «vaivenes de 6 susurros», «jardines de alegrías», «islas sin dueño», «lluvias de estrellas» y «fábricas de sueños»…

Un Joaquín Lera que reparte caricias, risas, mimos, brisas, cosquillas, puestas de sol, abrazos de luna, ausencias imposibles, y presencias recuperadas de madre, de amigos, de hermanos…

Un Joaquín Lera que nos regala, por ejemplo, «un libro en blanco para que escribamos en él infi nitos poemas de amor»… o que nos propone que nos pintemos el alma de colores y que arrojemos las tristezas al mar…
Un Joaquín Lera que reivindica «el derecho a soñar», y que desnuda descaradamente –y como debe ser– su solidaridad, por ejemplo, hacia la India –a la que ama, por la que sufre y a la que decididamente se entrega.

Joaquín Lera que denuncia la injusticia y la miseria –¡qué tierno y qué dolorido su canto a los niños de la calle!– y, ¡cómo no!, que se «caga en la violencia.
En fin, a través de este poemario queda rabiosamente claro que «el estado verdadero del hombre» que lo ha escrito –que diría Agustín Millares– es el de la esperanza a pesar de todo; una esperanza, eso sí, sonora, vociferante y contestataria…

Joaquín Lera con sus poemas asienta un principio que aplaudo y me consuela: Vivimos, es verdad, inmersos en una «estela inhóspita» pero ahí tenemos también ese libro en blanco que él nos regala para que podamos escribir infi nitos poemas de
amor y de esperanza… ¡Gracias, amigo Joaquín, por el hermoso regalo que ahora nos ofreces con tus poemas! Como tú escribes casi al final de tu libro: «¡Aunque no lo parezca es posible ver el cielo!

¡Yo hoy con la lectura de tus poemas he conseguido verlo!
¿Sabes?… ¡es azul y muy limpio!
Fernando Lucini

 

Conozco a Joaquín Lera desde hace tiempo y siempre le he
admirado. He perseguido sus huellas sobre todo a través de sus
canciones –las propias, y aquellas otras en las que «hizo música»
la palabra de tantos amigos y admirados poetas–. Persecución
constante –porque su obra es extensa y variada– en la que en
todo momento me sorprendió su capacidad creativa: infatigable
y siempre apasionada.
Por otra parte, de Joaquín Lera, siempre me atrajo su
humanidad –sensible y sencillamente «buena»–; su pasión por
la aventura; y, sobre todo, la forma en que acostumbra y sabe
escudriñar la vida, buscando en ella, de forma incansable, nuevos
horizontes… Y ahí ha estado desde siempre –o al menos, desde
que yo le conozco– «con su brújula vital» en ristre –da igual
norte o sur, este u oeste– apuntando a la esperanza… Y es que
Joaquín es un ser humano radicalmente positivo.
Pues bien, ahora, en el contexto de toda esa forma de
pensar y de sentir que tengo sobre Joaquín, me llega esta Estela
inhóspita, que recoge un variado conjunto de sus poemas:
sonetos apasionados, haikus, canciones, y otras construcciones
poéticas rimadas con el aire y el ritmo limpio de la libertad…
puros sentimientos acompasados con latidos y suspiros.
Antes de sumergirme en la lectura de la Estela inhóspita de
Joaquín Lera, y sin haberlo previsto, me ha venido a la memoria
una convicción rotunda de Agustín Millares –inmenso poeta
canario–: «Escribir poesía –afi rmaba– es decir el estado verdadero
del hombre». Yo también lo creo… Y entonces, lleno
de curiosidad, me he planteado seguir la «estela inhóspita» de
Joaquín Lera con ese objetivo, es decir, a la búsqueda –en los
tiempos que corren– del verdadero estado de su humanidad.
Y es curioso, navegando por lo «inhóspito» que profetiza
esta «estela» –inhóspitos son realmente los tiempos que hoy por
hoy nos tocan vivir–, me he encontrado con un Joaquín Lera
que, a pesar de todo, levanta el vuelo y nos ofrece «vaivenes de
6
susurros», «jardines de alegrías», «islas sin dueño», «lluvias de
estrellas» y «fábricas de sueños»…
Un Joaquín Lera que reparte caricias, risas, mimos, brisas,
cosquillas, puestas de sol, abrazos de luna, ausencias imposibles,
y presencias recuperadas de madre, de amigos, de hermanos…
Un Joaquín Lera que nos regala, por ejemplo, «un libro en
blanco para que escribamos en él infi nitos poemas de amor»…
o que nos propone que nos pintemos el alma de colores y que
arrojemos las tristezas al mar…
Un Joaquín Lera que reivindica «el derecho a soñar», y que
desnuda descaradamente –y como debe ser– su solidaridad, por
ejemplo, hacia la India –a la que ama, por la que sufre y a la que
decididamente se entrega–…
Un Joaquín Lera que denuncia la injusticia y la miseria –¡qué
tierno y qué dolorido su canto a los niños de la calle!– y, ¡cómo
no!, que se «caga en la violencia»…
En fi n, a través de este poemario queda rabiosamente claro
que «el estado verdadero del hombre» que lo ha escrito –que
diría Agustín Millares– es el de la esperanza a pesar de todo;
una esperanza, eso sí, sonora, vociferante y contestataria…
Joaquín Lera con sus poemas asienta un principio que
aplaudo y me consuela: Vivimos, es verdad, inmersos en una
«estela inhóspita» pero ahí tenemos también ese libro en blanco
que él nos regala para que podamos escribir infi nitos poemas de
amor y de esperanza… ¡Gracias, amigo Joaquín, por el hermoso
regalo que ahora nos ofreces con tus poemas! Como tú escribes
casi al fi nal de tu libro: «¡Aunque no lo parezca es posible ver
el cielo!»… ¡Yo hoy con la lectura de tus poemas he conseguido
verlo!… y ¿sabes?… ¡es azul y muy limpio!


Fernando Lucini

 

estela inospia

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