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PALABRAS PARA JOAQUÍN LERA


A veces pienso que si no existiesen individuos como Joaquín Lera, yo nunca habría escrito un solo verso. Mi poesía está pensada para personas como él, que la comparten hasta sus entresijos más profundos, pues Joaquín ha entendido que esa poesía que lleva mi firma no es, en realidad, mía, sino de la brisa que sopla en mi ciudad, que es quien me la trae de cuando en cuando, junto a olores antiguos más o menos prohibidos, películas en blanco y negro
y deseos por realizar.

Hasta tal punto lo ha comprendido, que la brisa ha hecho un pacto con su voz, para que sea Joaquín Lera quien me regale los poemas que ella ha compuesto y que yo, quién sabe por qué, tendré que firmar, procurando un autor a esas palabras grises y desoladas que lloran una ausencia, celebran un amor o denuncian una traición.

El concepto que valoro más en la poesía es la sinceridad (una «sinceridad» entre comillas que implica el concepto, también entrecomillado, de la «obligatoriedad» o «necesidad» del poema). Pero no me interesa la sinceridad si no va acompañada de la claridad. Pienso que es de la sabia conjunción entre sinceridad, claridad, técnica y sensibilidad de donde surge la emoción poética. Pues bien, el vozarrón de Joaquín es todas esas cosas juntas en estado puro, lo que convierte nuestra relación artística en una simbiosis tan perfecta como la de la actinia y el cangrejo ermitaño (y no descubro quién es quién).

Tengo enmarcado el día en que el formidable Miguel Ángel de Rus me presentó en la Casa de Cantabria a Joaquín Lera. Fue una jornada memorable, porque sentó las bases de nuestra futura colaboración. En la voz de cantantes como él, mis poemas dejan atrás el ghetto y piden sitio a gritos en la calle.

 

Luis Alberto de Cuenca
Madrid, 10 de febrero de 2009

 

 

 

 

 

 

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